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¿Cómo estás impactando tú con el evangelio?
Por Hno. Óscar Díaz
10 min de lectura
¿Estás compartiendo el evangelio de Jesucristo con quienes te rodean? Descubre cómo cada creyente está llamado a testificar de Cristo con sus palabras, su conducta y una vida de obediencia a Dios.
¿Cómo estás impactando tú con el evangelio? Una reflexión sobre nuestra responsabilidad de anunciar a Jesucristo en un mundo que necesita escuchar la verdad. Vivimos en una época en la que podemos comunicarnos con personas de cualquier parte del mundo en cuestión de segundos. Compartimos fotografías, opiniones, noticias, experiencias y acontecimientos de nuestra vida cotidiana. Sin embargo, como cristianos, hay una pregunta que deberíamos hacernos con seriedad: ¿Qué estamos haciendo para que las personas que nos rodean conozcan el evangelio de Jesucristo? Quizá asistimos regularmente a la iglesia, participamos en estudios bíblicos, colaboramos en algún ministerio y procuramos llevar una vida moralmente correcta. Todo esto puede formar parte de una vida cristiana saludable. Pero debemos recordar que el Señor también nos ha llamado a ser testigos de su gracia y de su verdad. El evangelio no es solamente un mensaje que hemos recibido para nuestro propio beneficio. Es la buena noticia de Jesucristo que debemos anunciar a un mundo perdido.
- El evangelio es el mensaje que transforma vidas Antes de preguntarnos cómo estamos impactando con el evangelio, necesitamos comprender qué es realmente el evangelio. El apóstol Pablo declaró en Romanos 1:16 que no se avergonzaba del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree. Esta afirmación es fundamental. El evangelio no consiste principalmente en ofrecer consejos para tener una vida más feliz, alcanzar prosperidad económica o mejorar nuestras relaciones personales. Aunque la fe cristiana transforma nuestra manera de vivir, el mensaje central del evangelio es mucho más profundo. El evangelio anuncia lo que Dios ha hecho en Jesucristo para salvar a pecadores. La Escritura enseña que Dios es santo y justo, que todos hemos pecado y que, por naturaleza, estamos separados de Él. Pero también anuncia las buenas noticias: Jesucristo, el Hijo eterno de Dios, se hizo hombre, vivió en perfecta obediencia, murió por nuestros pecados y resucitó al tercer día. Por medio de su sacrificio, Cristo llevó sobre sí el juicio que merecían los pecadores a quienes vino a salvar. Ahora Dios llama a todos los hombres al arrepentimiento y a la fe en Jesucristo. La salvación no puede ganarse por obras, méritos personales o esfuerzos religiosos. Es un regalo de la gracia de Dios, recibido por medio de la fe (Efesios 2:8-9). Por eso, cuando hablamos de impactar con el evangelio, debemos comenzar por una convicción: Lo que las personas más necesitan no es escuchar nuestras opiniones, sino conocer a Jesucristo y su obra salvadora.
- Todos los creyentes tenemos una responsabilidad En Mateo 28:18-20, el Señor Jesucristo dio a sus discípulos la comisión de hacer discípulos de todas las naciones, bautizándolos y enseñándoles a guardar todo lo que Él había mandado. Esta comisión constituye una responsabilidad permanente para la iglesia. Aunque Dios ha establecido diferentes dones, funciones y ministerios dentro de su pueblo, todos los creyentes estamos llamados a dar testimonio de nuestra fe conforme a las oportunidades que Él nos concede. No todos somos pastores, predicadores o misioneros enviados a otros países. Pero todos podemos ser testigos de Cristo. Un padre puede hablar del evangelio con sus hijos. Un estudiante puede compartir su fe con sus compañeros. Un trabajador puede aprovechar una conversación para explicar la esperanza que tiene en Jesucristo. Un vecino puede acompañar a alguien en medio del sufrimiento y compartirle las promesas de la Palabra de Dios. No necesitamos un púlpito para hablar de Cristo. Nuestro campo de testimonio comienza muchas veces con las personas que Dios ha colocado a nuestro alrededor. Sin embargo, debemos ser intencionales. La evangelización difícilmente ocupará un lugar importante en nuestra vida si nunca pensamos en ella, oramos por ella o buscamos oportunidades para compartir la verdad.
- Una buena conducta es importante, pero no reemplaza el mensaje Como cristianos, debemos procurar que nuestra conducta refleje la fe que profesamos. Jesús enseñó que nuestras buenas obras deben llevar a otros a glorificar a nuestro Padre celestial (Mateo 5:16). La honestidad, la compasión, la humildad, el amor y la integridad son expresiones importantes de una vida transformada por la gracia de Dios. Pero debemos evitar una confusión frecuente. Vivir correctamente delante de las personas no es lo mismo que explicarles el evangelio. Podemos ser excelentes vecinos, compañeros de trabajo responsables o personas generosas, y aun así nunca haber explicado a alguien quién es Jesucristo, por qué murió y qué significa arrepentirse y creer en Él. El testimonio de nuestra conducta es importante porque respalda nuestra profesión de fe. Pero las buenas obras, por sí mismas, no comunican todo el contenido del evangelio. Romanos 10:14-17 enseña la importancia de la proclamación del mensaje para que las personas escuchen y crean. Esto significa que nuestra vida y nuestras palabras deben caminar juntas. Nuestra conducta debe ser coherente con el evangelio que anunciamos, y nuestras palabras deben comunicar claramente al Salvador en quien creemos.
- ¿Qué nos impide compartir el evangelio? Aunque reconocemos la importancia de la evangelización, muchas veces dejamos pasar las oportunidades. Algunas de las razones más comunes pueden ser: El temor al rechazo: nos preocupa que las personas se burlen, se incomoden o no quieran volver a conversar con nosotros. La inseguridad: pensamos que no conocemos suficientemente las Escrituras o que no sabremos responder alguna pregunta. La comodidad: nos acostumbramos a relacionarnos solamente con otros creyentes. La falta de intencionalidad: nuestras responsabilidades ocupan toda nuestra atención y olvidamos buscar oportunidades para testificar. La indiferencia espiritual: dejamos de considerar seriamente la condición de quienes todavía no conocen a Cristo. Estas dificultades deben llevarnos a examinar nuestro corazón y acudir al Señor en oración. El apóstol Pedro exhortó a los creyentes a estar preparados para presentar defensa de la esperanza que había en ellos, haciéndolo con mansedumbre y reverencia (1 Pedro 3:15). No necesitamos conocer todas las respuestas antes de comenzar a compartir nuestra fe. Pero sí debemos procurar crecer en el conocimiento de la Palabra, comprender correctamente el evangelio y desarrollar una disposición humilde para enseñar lo que hemos aprendido. Nuestra confianza no debe descansar en nuestra capacidad para argumentar, sino en el Señor que utiliza su Palabra para cumplir sus propósitos.
- No somos responsables de producir conversiones Esta verdad es especialmente importante. Cuando compartimos el evangelio, deseamos sinceramente que las personas se arrepientan y crean en Jesucristo. Debemos orar por su salvación, responder sus preguntas y perseverar con paciencia. Sin embargo, no podemos transformar el corazón humano. Jesús enseñó en Juan 6:44 que nadie puede venir a Él si el Padre no lo trae. Asimismo, Pablo explicó en 1 Corintios 3:6-7 que unos siembran, otros riegan, pero es Dios quien da el crecimiento. Por tanto, nuestro llamado no consiste en fabricar decisiones religiosas ni conseguir profesiones de fe mediante presión emocional. Nuestra responsabilidad es comunicar fielmente el evangelio. La conversión verdadera es obra de la gracia de Dios. Esto no disminuye la urgencia de evangelizar. Al contrario, nos permite anunciar a Cristo con confianza, sabiendo que Dios tiene poder para salvar mediante la predicación de su Palabra. También nos libra de dos peligros: el orgullo cuando observamos resultados y el desánimo cuando las personas rechazan el mensaje. Debemos buscar frutos, trabajar diligentemente y evaluar nuestra labor con responsabilidad, pero sin olvidar que la salvación pertenece al Señor.
- Impactar con el evangelio también significa discipular La misión de la iglesia no termina cuando una persona escucha por primera vez el mensaje de salvación. El mandato de Cristo es hacer discípulos. Esto implica que la evangelización y el discipulado están profundamente relacionados. Cuando Dios concede a una persona arrepentimiento y fe, comienza una vida de crecimiento espiritual en la que necesita la enseñanza de las Escrituras, la comunión de los creyentes, la oración y la participación en una iglesia local fiel. Por eso, el verdadero interés por las personas no debe limitarse a que escuchen una presentación del evangelio. Debemos procurar acompañarlas, enseñarles las Escrituras y animarlas a integrarse responsablemente en la vida de la iglesia. La iglesia primitiva nos ofrece un ejemplo significativo en Hechos 2:42, donde los creyentes perseveraban en la doctrina de los apóstoles, la comunión, el partimiento del pan y las oraciones. El propósito no es simplemente que las personas adopten una identidad religiosa. El propósito es que conozcan a Jesucristo, lo sigan y crezcan en obediencia a su Palabra.
- Cinco preguntas para examinar nuestra vida La pregunta que inspira esta reflexión merece una respuesta personal. No basta con afirmar que creemos en la importancia de la evangelización. Debemos considerar cómo estamos viviendo esa convicción.
- ¿Cuándo fue la última vez que compartí el evangelio con alguien? No se trata de llevar un registro para sentirnos superiores a otros creyentes, sino de examinar si estamos aprovechando las oportunidades que el Señor nos concede.
- ¿Estoy orando por personas que todavía no conocen a Cristo? La oración expresa nuestra dependencia de Dios y nuestro deseo de que Él obre en los corazones.
- ¿Conozco suficientemente el evangelio para explicarlo con claridad? Debemos procurar comprender las verdades fundamentales acerca del pecado, la persona y obra de Cristo, su muerte, resurrección y el llamado al arrepentimiento y la fe.
- ¿Mi conducta es coherente con el mensaje que anuncio? Nuestro testimonio puede verse afectado cuando nuestras palabras expresan una fe que nuestra conducta contradice persistentemente.
- ¿Estoy dispuesto a compartir a Cristo aun cuando pueda enfrentar rechazo? El evangelio no siempre será bien recibido. Pero nuestra obediencia no debe depender de la aceptación de quienes nos escuchan.
- Comienza con las personas que Dios ha puesto cerca de ti A veces pensamos que impactar con el evangelio requiere organizar una gran actividad o participar en una misión internacional. Estas oportunidades son valiosas y debemos apoyarlas. Sin embargo, nuestro servicio puede comenzar con una conversación sencilla. Piensa en un familiar, un compañero de trabajo, un vecino o un amigo que todavía no conoce a Jesucristo. Ora por esa persona. Procura conocerla mejor, escucharla con atención y mostrarle un interés sincero. Busca oportunidades apropiadas para conversar sobre las verdades de la Escritura. Comparte el mensaje con claridad, paciencia y amor. Si manifiesta interés, puedes invitarla a estudiar la Biblia o a acompañarte a una congregación donde se predique fielmente la Palabra de Dios. Y si rechaza el mensaje, no respondas con desprecio, enojo o desesperación. Continúa mostrando amor y descansando en la voluntad soberana del Señor. No podemos garantizar que todas las personas a quienes evangelizamos creerán, pero sí podemos procurar ser testigos fieles de Jesucristo. Conclusión: ¿Cómo estás impactando tú con el evangelio? La pregunta no es solamente cuántas actividades evangelísticas hemos realizado, cuántos tratados hemos distribuido o cuántas personas han escuchado nuestras palabras. Esas acciones pueden ser importantes, pero debemos examinar algo todavía más profundo: ¿Estamos viviendo como discípulos de Cristo que desean sinceramente que otros también lo conozcan? El evangelio que hemos recibido es demasiado glorioso para tratarlo con indiferencia. Hemos sido alcanzados por la gracia de Dios, reconciliados con Él mediante Jesucristo y llamados a vivir para su gloria. Que esta verdad transforme nuestras prioridades. Que nos motive a orar por quienes todavía no creen. Que nos impulse a conocer mejor las Escrituras y a compartir su mensaje con fidelidad. Que nuestras palabras y nuestra conducta den testimonio del Salvador. Y que nunca olvidemos que el poder para salvar no está en nosotros, sino en Dios. No necesitas ser famoso para dar testimonio de Cristo. No necesitas tener una gran plataforma para compartir el evangelio. Necesitas conocer al Salvador, confiar en su Palabra y estar dispuesto a obedecerle. Hoy puede ser una buena oportunidad para comenzar. ¿Con quién podrías compartir el evangelio esta semana? Ministerio AVANCE — Iglesia Bautista Miramonte Formándonos en la Palabra para vivir y servir a Cristo. Lecturas bíblicas recomendadas: Mateo 5:13-16; 28:18-20; Juan 6:44; Romanos 1:16; 10:14-17; 1 Corintios 3:5-9; 15:1-4; 2 Corintios 5:18-20; Efesios 2:8-10; 1 Pedro 3:15.